Crónica de un apretón (by Manolo)

martes, 24 de marzo de 2009

Crónica de un apretón (by Manolo)


Hoy voy a aprobechar que ya llegamos a las doscientas visitas en apenas cuatro o cinco dias para mostras en este rincón un documento que escribió Manologos hace tiempo para enviar a Herrera en la Onda, y en particular a D. Carlos Herrera.

Se trata del sufrimiento del ser humano llevado al extremo en un ejemplo de qué es lo que realmente separa al hombre de los animales. No se trata del razonamiento, como dicen algunos, ni de la risa, como dicen otros; pues es bien claro que las putas hienas se ríen, y que a veces hay perros que razonan mejor que las personas, sobretodo al golpe de remo. En fin, como no me apetece escribir más, aquí dejo el escrito de la vergüenza: (hay datos falsos tanto de la personalidad como de los factores que lo rodean, pero todos sabemos quien fue el protagonista de tan desparramante historia, y no seré yo el que, por hablar en primera persona, quiera robar protagonismo al primer aniversario del gran apretón de nuestro amigo):

Sábado 22 de Diciembre de 2.007, 10.00 de la mañana: llevo 4 horas durmiendo, pues tengo 28 años, soy estudiante de arquitectura y tengo todas las asignaturas superadas, estando a falta de la realización del proyecto para terminar la carrera, y como es lógico en una persona de mi edad, atributos, estudios y calamidades… vivo en casa de mis padres y ayer viernes tocó salir a “tomarse algo” con los amiguetes tal y como viene sucediendo jueves tras jueves, viernes tras viernes y sábado tras sábado (entre otros días de la semana) desde que comencé la carrera allí por el año mil novecientos noventa y ocho… La cuestión es que mi santa madre llegó a esas buenas horas de la mañana con una encomienda para mí: acercarla en coche hasta el centro comercial para hacer unos recados, entre los que se encontraban comprar algo de marisco congelado para la cena de nochebuena, unas latas de piña y melocotón en almíbar para adornar la despensa hasta las siguientes navidades, y subir los bajos de un pantalón de mi padre que parece ser que le arrastraban y que no podía llevar de ese modo a la cena-cotillón (así llaman los mayores al botellón de pago) de fin de año… La cuestión es que, al escuchar a mi madre con un ojo abierto y otro cerrado no me lo podía creer… hacía cuatro horas degustaba el último gin tonic de la noche y en este momento tenía que salir del calentito de la cama al frío para esperar en el coche por mi madre mientras hacía unos recados y no tenía donde aparcar… por favor, que tengo 28 años… en fin… las madres son así, y cuando mandan algo hay que hacerles caso, porque siempre es por nuestro bien y algún día se lo agradeceremos… me salí de la cama, me puse un chándal y unas zapatillas, me lavé un poco la cara aunque no la boca, puesto que todavía la tenía fresquita del limón y limpia y aseada de los gin tonic´s y me fui para el coche después de tomarme un dedal de café que hacía 2 minutos escasos dejara de subir…Tras una charla intrascendente sobre los bajos del pantalón de mi padre que reposaba tranquilamente en el asiento trasero del opel corsa granate de mi madre sumergido en una gran bolsa de unos conocidos grandes almacenes con logotipo verde triangular, llegamos al punto de destino: 10.25 puerta principal del centro comercial, parada de taxis, dos ruedas en la estrecha calle por la que cabe un taxi grande y sus retrovisores y dos ruedas completamente subidas a la acera llena de ávidos compradores de productos navideños y conejo. “qué vergüenza”, pensé; con ese chándal piojoso de los “chicago dallas” y la camiseta del Xacobeo´93, sin duchar, mal aparcado, molestando a viandantes y taxistas… en fin… lo que se hace por una madre incluso pasados los 28 años…En ese momento, mi mente cambió de pensamiento y se escuchó un estruendo en mis tripas, sonidos similares a los de soplar hacia fuera con la pajita de un represco. Un mal momento. Pasaron los ruidos pero pronto volvieron acompañados de un dolor abdominal intenso a la par que una segunda voz de “politonos” que simulaban el sorber de una pajita de un refresco de cine al que sólo le queda medio dedo de líquido y los hielos troceados… no podía aguantar… ese dolor era un dolor de lo que era, estaba claro… a partir de los 5 primeros minutos de ruidos y dolores tuve que hacer una fuerte contracción del músculo anal para no, permítame la expresión, cagarme. Un momento de debilidad, una mínima flojera acabaría con mi chándal de los Chicago Dallas, con la tapicería del corsita y con mi dignidad. “Aguante”, en esos momentos se necesita aguante… aguante y madurez: de otras ocasiones similares comprendes que esos dolores y esa fuerza bruta con la que agarras la nada con tu anillo de cuero poco duran, 3, 4, 5 minutos como mucho, luego viene la calma, momento en el que aprovechas para buscar un retrete aseado, no limpio, simplemente aseado, en donde depositar la pastelada. pero esta vez no, habían pasado más de 7 minutos del reloj del opel corsa y los dolores no cesaban, la presión a la que estaba obligado a someter a mi ojete provocaba sudores fríos por sienes y espalda, aquel que los sufriera sabe de qué hablo. Bajé el espejo de la solapilla que protege de los rayos solares al conductor y vi un personaje descompuesto, con una mirada perdida, unos sudores de síndrome de abstinencia y con una gran necesidad… cogí el teléfono móvil y llamé a mi madre: “mamá ven, que me cago”, “bueno hijo, ya voy, estoy en la cola de los congelados y voy p´allá”. No podía aguantar, cada vez los dolores eran más intensos y la fuerza, probad a imitarla durante unos segundos, a la que sometía a mi esfínter por tiempo superior a 7 minutos me estaba consumiendo. Como casi ni me daba movido, por miedo a perder lastre en un alarde… no podía salir a ningún baño del centro comercial, y más con esas pintas, y más dejando el coche encima de la acera… pero todo esto era pura banalidad si es que pudiera poner un pie en tierra sin dejar de hacer “la fuerza” y soltar el equipaje. Por todo ello, decidí reclinar el asiento para ver si aliviaba al menos los dolores, y me moví como pude, ante la atenta mirada de los madrugadores compradores, hacia el asiento del copiloto que previamente había reclinado. Entonces, y sin dejar de apretar hacia adentro en ningún momento me recosté, y no estando seguro de que no dejaría caer la tormenta en aquel habitáculo cerrado… apoyé los pies en la guantera, flexionadas las rodillas y con los muslos y cachas sobre el aire para luego empezar a apoyar mi cuerpo desde la rabadilla hasta la cabeza pasando por cintura, espalda y cuello sobre el asiento totalmente reclinado. Una buena posición para una situación tan incómoda: la gente de fuera sólo veía unas piernas, no verían mis facciones descompuestas, y el culo en el aire libraba de un hipotético aluvión al asiento. Ahora tenía que relajarme, pensar en otra cosa, mientras llegaba mi madre para llevarme a casa. Estiré el brazo izquierdo y encendí la radio; “eso desviará mi atención”, pensé; pero no! A los dos minutos tuve que apagarla por el agobio que me producía. Y mientras, los dolores; como incansables hordas de caballeros enfadados y atrapados en la parte final de mis intestinos empujaban con toda su fuerza la puerta de la fortaleza a golpe de que cada tres segundos se intentaba abrir paso. Segunda llamada de teléfono: “dónde estás? Por favor, ven ya!!!” – Voy enseguida hijo! Pero ya no podía más, y cuando crees que estás a punto de rendirte, cuando crees que ya falta poco para la derrota es cuando se agudiza el sentido, giré la vista a mi izquierda y vi aquella bolsa que contenía el pantalón de mi padre, la cogí, quité el pantalón y para minimizar los daños en caso de que se abrieran las compuertas procedí a colocar la bolsa entre los calzoncillos, completamente empapados en sudor que gota a gota resbalaba por mi rabadilla y se unía al que exudaba mi anillo único, y mi chándal. A pesar de todos los remedios, parches y paliativos, lo principal era la seguridad activa, el aguante. Pero llegado un momento ya no podía más, no sabía qué hacer, me iba a morir! Le juro, que pasaron por mi mente momentos felices de mi vida y creía que jamás se volverían a repetir, y mientras, la gente paseando alrededor de mi coche mal aparcado… pero de repente, y casi como si fuera un premio de los dioses a mi fuerza de voluntad y a mi ingenio, desapareció el dolor de un plumazo, continuaba con unas ganas locas de desatar mis tripas pero el dolor había desaparecido, había vencido! Como tantas otras veces, aunque en este caso de modo extremo, el aguante me había recompensado con unos minutos de descanso que me facilitarían las cosas para poder acudir a depositar mi voto en cualquier aseo… y entonces… me relajé. Decidí ir aflojando la presión a la que había sometido a mi esfínter durante los últimos 13 minutos de su vida, pero muy poco a poco, muy lentamente, consciente de que un mínimo fallo podría provocar una explosión. Relajé un poco, y otro poco, y otro poco, notaba el sudor frío en mis calzoncillos, y cuando ya lo había relajado de todo pensé: “no fue para tanto”, estaba tranquilo, lo había conseguido y noté además que lo que venía de dentro no era “liquidillo” como había creído en un principio durante el sufrimiento de aquél cólico, noté una dureza, como un gran leño de alcornoque con la cáscara sin haberse desprendido aún, y comprendí cómo para poder sacar eso a la luz sería difícil sin hacer fuerza, por lo que estaba salvado, podría volver el dolor pero sin duda no me iba a cagar por encima en el coche de mi madre. Mi madre que, por cierto, no daba llegado. Llevaba 4 minutos de calma cuando volvió el dolor, un dolor único y muy familiar, un dolor de los que se alivian soltando aire, un aire que produce un ruidillo muy similar al que produce uno cuando se deshincha si le salen decimales en la división, o grumos en la mayonesa… un piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii casi inaudible. Procedí a empujar levemente y cuando estaba realizando la operación, una avalancha de mierda pastelera abrió mi ojete hasta un diámetro que nunca había alcanzado y sin poder hacer nada por remediarlo me cagué por encima, por dentro de los calzoncillos con gran virulencia, intentaba apretar pero ya no podía, mi anatomía me había tendido una trampa y había picado como un pardillo, era un caballo de trolla, mi barriga se iba deshinchando a medida que notaba cómo mis pantalones iban ganando peso a cada segundo… Tremenda Cagada, fue una cagada con mayúsculas!!! Qué tranquilidad amigo, qué paz, me sentía liberado de una gran condena… mi estómago, tripas, ojete, e incluso mi columna vertebral cansada de soportar tanto esfuerzo daban las gracias a mi subconsciente y mi inconsciencia por haberlos liberado de aquella tortura, pero a la vez, y como animal racional que soy, Mi cabeza me decía: “¿porqué a mí? Con 28 años, a 5 kilómetros de casa, ¿por qué? ¿Por qué?¿Y ahora qué? Con tamaña desgracia en mis pantalones, en la misma posición que estaba: acostado con pies apoyados en guantera y culo en aire, pantalón, bolsa y calzoncillo a rebosar… cualquier movimiento posible era malo. Pues a esperar y descansar, me sentía como una “recién parida” estaba todo volviendo a su sitio pero había hecho un gran esfuerzo y era normal esa respiración entrecortada y ese cansancio supremo…10.45 Llega mi madre al coche, abre la puerta, mete la cabeza, la saca y exclama: ¡aHggghaagjjjj!!! ¡S´eantonio! Te has cagao!!!. Premio a mi madre por su intuición. No me había dado cuenta, pero en el coche olía tan mal que se habían empañado todos los cristales, incluso el retrovisor… el olor era calentito, como de bollo recién hecho… entonces mi madre se sentó, abrió una ventanilla y fue como buenamente pudo conduciendo hasta casa, sacando la cabeza para tomar aire y aguantando dentro… no tuvimos ninguna conversación, me sentía mal por cómo había ido todo pero no había podido hacer nada… entonces llegamos a casa y este era otro gran momento: la salida del coche. Entre los vaivenes de la conducción de mi madre el género se había desparramado un poco por las dos nalgas, y un poco más abajo y un poco más arriba, nada más, había que valorar la operación como satisfactoria… pero salir del coche era otra cuestión, se me escurriría por las piernas para abajo, bañando mis extremidades, calcetines, zapatillas y suelo del coche, suelo de la casa… mis calcetines… mis calcetines… mis calcetines!!! En ese momento recordé un gran consejo que me había dado un amigo “escatolófilo” para el caso de cagarse uno espurreado (ese tipo de consejos que se dan por dar, porque uno nunca cree que con 28 se va defecar encima)… el consejo, que lo había tomado de una anécdota de Karlos Arguiñano, consistía en introducir los pantalones por dentro de los calcetines para prevenir más accidentes. Así lo hice, me acerqué con los brazos a los pies y procedí a meter el chándal por los calcetines; ya estaba preparado y me incorporé, puse un pie en el suelo, y luego otro, y noté cómo el producto se iba deslizando como lava de volcán, pero ya completamente frío por mis piernas, y acumulándose en la estrechez pergeñada en el fondo de mis piernas a modo de dos nuevos gemelos caídos. Fui subiendo las escaleras, camino del baño y me metí en la ducha con el pantalón, los calcetines, la bolsa que ya ni recordaba y me empecé a higienizar como buenamente pude, me quité todo y al agacharme a quitar los calcetines, queriendo echar una ventosidad ruidosa parece ser que me la jugué de más y me volví a cagar por encima sin remedio ni solución de continuidad, pero… qué más daba, estaba en la ducha, estaba en mi casa y ya todo había pasado, sólo habría que empujar un poco el desagüe de la ducha para pasar el puré por el chino.

1 comentario :

Gracias por dejar tu comentario ;)